Son ya tres las veces que he gozado durante casi un mes de la paz y la convivencia que ofrece esta vetusta población, ubicada al lado de la hermosa bahía donde Colón, a los dos días de su llegada a Bariay, amarró sus naves.
Hace ya unos años, cuando visité por primera vez esta ciudad y me enamoré de ella (amor a primera vista), aún había numerosos habitáculos apuntalados. Un furioso huracán había mordido y triturado con la fuerza de un gigantesco cocodrilo cubano – el más voraz del mundo- las murallas que la protegían de los embates de la mar y una buena parte de las casas habían quedado gravemente dañadas o reducidas a escombros. Hoy la ciudad se ha ido reconstruyendo lentamente, con humildad, sin que soberbios edificios hayan acabado con su encanto, conservando su fisonomía, tan vieja pero tan atrayente, sin echar por la borda el característico estilo colonial ibérico. Por suerte el capital norteamericano no ha podido invertir sus dólares para cambiar una ciudad de plácido descanso en un macrocentro turístico en que una población hacinada transformaría en coexistencia lo que hoy es íntima convivencia.
Hoy Gibara, a pesar de sus deficientes infraestructuras, de muchas de sus calles y callejas clamando un urgente asfaltado, puede presumir de turística. Sus visitantes son personas que andan en pos de la tranquilidad, del sosiego, de la magnética atracción que ofrece un entorno paradisíaco. Probablemente fuera aquí, en alguno de sus espléndidos parajes, donde Colón, con la mirada ebria de tanta belleza, dejara para la posteridad aquella frase: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”. Parafraseando al gran escritor gibareño Cabrera Infante, tal vez habría de decir como él que ir a Cuba en pleno verano en viaje de descanso “es una idea del diablo”. “White hot” (al rojo blanco) y empapada en sudores es como ve él la isla en período estival. Y, sin embargo, es cuando yo voy a Gibara. A cambio, una naturaleza pródiga me brinda sus mangos, sus papayas, plátanos, piñas, guanábanas, anoncillos, aguacates… Un sol despiadado, canicular, y mi descuido en protegerme de sus nocivos rayos UVA y UVB hacen que cada año alguna erupción cutánea martirice mi piel blancucha. Pero, a pesar de ello, yo vuelvo a Gibara. Cada año los mosquitos -habría de decir “mosquitas” porque son hembras, ¡qué iban a ser!- esperan mi llegada para acribillarme antes de que el dueño del hogar que me acoge acabe con ellos como por arte de magia. No obstante, yo vuelvo a Gibara.
Más de tres y cuatro veces me he recorrido la calle Independencia -hoy magníficamente remodelada- con su prologada loma que el calor transforma en calvario, de tienda en tienda, en busca de algún artículo tan corriente como un frasco de colonia, un bote de espuma de afeitar, unos pañuelos de papel, una libra de queso, una botella de vino tinto… Recuerdo que en una ocasión , mientras iba recitando los productos que pretendía adquirir, la chica que me atendía, un bella joven que sabía insinuar con gracia y elegancia lo poco que no exhibía y que me estaba escuchando con una sonrisa deslumbrante, cada vez más ancha, me cortó así : Perdone, señor, pero usted está pidiendo todo lo que no hay. Pues, a pesar de tantas carencias, yo vuelvo a Gibara. No puedo bañarme en la playa más cercana porque una bandera roja ondea pregonando la contaminación de sus aguas. Holgazanería, porque me costaría muy poco trasladarme al otro lado de la bahía o llegarme a la preciosa playa de Caletones para gozar de un agua transparente, inmaculada. Pero, con playa o sin playa, yo vuelvo a Gibara. Tal vez haya quien me califique de masoquista. Craso error.
Yo regreso a Gibara para gozar de la belleza de su entorno, de la paz que se respira y, sobre todo, de sus gentes: simpáticas, generosas, capaces de reírse de sus propias carencias, con una perenne sonrisa a flor de labios, con las manos siempre abiertas para regalarte su amistad. Yo soy de los que disfrutan de placeres que pasan desapercibidos para muchos de los que nadan o se ahogan en riquezas. Me puedo pasar largos ratos escuchando el canto policromado de un sinsonte o contemplando desde el vestíbulo de la casa donde me alojo el aleteo casi invisible de un zunzuncito -el colibrí más pequeño del mundo- suspendido en el aire para chupar el néctar que le ofrece un árbol en flor. Me remonto a las alturas con el vuelo majestuoso de las auras tiñosas, que mantienen el lugar libre de carroñas. Admiro la sabiduría de las “abejas de tierra”. Ellas, en vez de panales, se confeccionan unas pequeñas bolsitas en las cuales almacenan de manera selectiva la miel que elaboran, sin mezclar jamás la originaria de una flor con la procedente de otra distinta. Son tan listas que no pican; ellas saben que perder el aguijón implica perder la vida. Si las alteras demasiado, te dan un mordisquito de aviso, que no te hace más daño que una cosquilla. Un joven matrimonio amigo mío tiene dos colmenas de estos exóticos enjambres colgadas de una de las paredes de su comedor: un precioso cuadro viviente. Surquen ustedes los mares en sus lujosos yates o en cruceros millonarios; yo cruzaré la bahía por un CUC (un dólar) en una
barca que ustedes calificarían de prehistórica. Recorran las distancias en sus cómodos vehículos; yo moveré las caderas con un traqueteo desacompasado por las rutas de Gibara, montado en un rústico coche de caballos. Satisfagan sus delicados paladares con sofisticados manjares; yo gozaré masticando las guatacas (orejas) de un gorrinillo asado a la púa o cocinado en fricasé. ¿Ustedes se sienten felices en su ambiente selecto? ¡Enhorabuena! Yo sí que puedo afirmar que en Gibara, entre sus gentes humildes, me siento plenamente satisfecho. Además, en esta hermosa población reside mi única ahijada: “Yeni”, una chica tan bella como inteligente, a punto de cumplir los quince abriles. A la vista ya la fiesta de los quince años: la fecha más importante de su vida para muchas de las muchachas cubanas. Aquel día la “Yeni” niña se transformará en ninfa mitológica o, tal vez, tan cerquita del mar, en sirena tentadora. ¿Volveré a Gibara?
Ago 06
4 comentarios
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¿Dónde puedo leer una reseña del pasado festiva de música electrónica celebrado ahí en Gibara?
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Buenas tardes, me hubiera gustado haber participado de ese festival que hablas pero no pude ir. Pero te puedo decir que se desarrolló en la playa de Caletones y de esta playa tengo bastante en mi blog. Otras veces se ha hecho en la playa de Bayado, a la entrada de la ciudad, pero en esta ocasión por estar las playas dentro de la bahía contaminadas, no se hizo ahí.Puedo agregar además que muchas personas se trasladaron hasta allí para participar en ese evento. Si consigo algunas imágenes las pondré en el blog. Gracias por tu comentario
Hola , buenas tardes ,me alegra mucho encontrar este sitio que habla de un lugar tan especial en mi vida como lo es gibara, mi familia por parte de madre toda es de alli, yo tengo el honor de decir que pase 3 años viviendo en gibara cuando era una adolescente alli estudie el noveno, decimo y onceno grado ,pero tambien todas mis vacaciones mientras fui niña las pase alli ,me encanta el mar , todos los años hago planes para ir pero al final nunca lo logro , siento añoranza de mis dias alli y quiero ir para volver arecordar esos años que pae alli ,tengo muchos recuerdos y amistades que siguen vivas en mi corazon , no se quien eres pero desde ya quiero ser tu amiga y que me motives de alguna forma para volver alla en algun momento de mi vida ,asi que a la persona que lea esto ,muchas gracias y ya sabes me puedes escribir .saludos cordiales rebeca
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Puedes contar con mi apoyo para lo que quieras. Dime si puedo escribirte directamente a tu e mail, pues hay personas que no le gusta. me gustaría conocerte más privadamente. En mí tienes también una amiga.