Han pasado 28 años
desde que finalicé mis estudios en esta escuela. Ahora vuelvo y no precisamente como estudiante. Ahora regreso acompañando a mi hija, que comienza su último curso en la Escuela Secundaria Básica Urbana “Atanagildo Cajigal Torres” en Gibara.
La vetusta escuela, con 54 años formando a futuros médicos, ingenieros, licenciados, técnicos y obreros calificados; abre sus puertas para iniciar el curso 2015 – 2016. Las aulas ya están preparadas al igual que los laboratorios de Química, Física y Computación.
El claustro de profesores completo y sus principales integrantes, los estudiantes, van llegando poco a poco desde diferentes lugares de la localidad, unos a solo pasos y otros recorriendo largas distancias o trasladándose en vehículos para llegar puntual a la escuela.
Muy pronto anuncian la entrada y comienza el acto inaugural. Las notas de nuestro himno nacional son entonadas frente al busto de José Martí y a la bandera de la estrella solitaria.
“… Revolución es
sentido del momento histórico… Revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado…”
Se escucha una grabación con la voz de nuestro líder revolucionario y todos prestamos atención.
El acto se desarrolla disciplinadamente, la directora da la bienvenida a los estudiantes y la secretaria presenta a los profesores. Una pionera lee el compromiso estudiantil y otro profesor, aficionado a la música, ofrece sus canciones, que son bien recibidas y aplaudidas por el auditorio. Todo fluye organizadamente, pero mi hija me protesta porque le han asignado, por tercera vez, un aula pequeña, donde las altas temperaturas veraniegas se hacen insoportables. Yo trato de c
onformarla, pero, al entrar al salón, me convenzo de que su reclamo es justificado. En un área de aproximadamente 30 m2 deben permanecer alrededor de 40 estudiantes y un profesor, desde las 7:40 am hasta las 4:30 pm con breves intervalos de receso para merienda y descanso. Los puestos cercanos a la puerta y a una única ventana son codiciados por los educandos, que, olvidando el sudor, comienzan a escudriñar la base material de estudio ubicada en cada puesto. Libros, libretas, cuadernos, gomas, lápices y otros instrumentos son e
ntregados gratuitamente por el sistema educacional cubano.En casa nos tocará forrar cada uno de los libros para protegerlos y así poder ser reutilizados el próximo curso.
Así fue el primer día de clases en esta escuela y como este fueron los actos que se extendieron por toda Cuba, desde las universidades más urbanas hasta la pequeña escuelita que acoge uno o dos pioneros en lo intrincado de la Sierra Maestra.
En total fueron 2 millones de jóvenes, niños y adolescentes los que en este día, a pesar de las distancias, el calor u otro impedimento, se acercaron a las aulas en busca de la sabiduría necesaria para convertirse en los hombres y mujeres honrados soñados por Martí.
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